Crítica de “The Choir of Man”: “Un brindis por un nuevo comienzo”

El pub más ambulante del mundo lleva sus pintas, aperitivos y canciones a su nueva ubicación en el centro neurálgico del West End londinense. Guillermo Názara repasa este recién llegado espectáculo, que ya ha conquistado la escena internacional, para comentar su representación de la vida, la amistad y la comunidad.

Son las ocho de la tarde de un viernes. Llega la gente de siempre. Grupos de desconocidos beben en un escenario abierto. Todos aclaman el comienzo del espectáculo. Pero las luces se han atenuado: deben tomar asiento. Con cervezas en la mano, muchos corren. Sin embargo, unos pocos aún están en ese bar imaginario. Porque todos ellos forman el Coro del Hombre.

Ya está bien de Billy Joel por hoy (a efectos de derechos de autor, el 80 % del éxito de estas letras sigue siendo mío – si te han gustado…). Sí, no es muy común que una crítica empiece con un poema (o un intento de él), pero esta pieza tampoco tiene nada de común – al menos, no en comparación con lo que estamos acostumbrados a ver en los musicales del West End en general. No tiene la estructura tradicional del género, y sin embargo la sigue. No tiene mucha narrativa, pero su historia es cautivadora. En un principio se presentó como una especie de teatro alternativo, pero por alguna razón se siente increíblemente mainstream a la vez que único.

Por supuesto, estos dos últimos no son necesariamente incompatibles, pero ambos tienen demasiadas espuelas como para encajar el uno en el otro de forma habitual. Ésta, sin embargo, es una de esas raras ocasiones. El Coro del Hombre es, de hecho, el espectáculo perfecto para los versados y los recién llegados, los expertos y los ingenuos, los escépticos y los que quieren creer. Sí, bueno, puede que esa parte final se me haya ido un poco de la vida…. (aunque sonaba bonito, ¿eh?). Pero hablando en serio, llega una producción capaz de desafiar (que no arruinar), hasta cierto punto, lo que se espera de una determinada forma de arte, a la vez que la mantiene atractiva y entretenida para el público en general. La premisa de la obra es muy sencilla, al fin y al cabo -como dice la leyenda (nunca te fíes de un escritor cuando habla de su proceso en el programa: se ganan la vida fabricando cuentos)-, su inicio se produjo durante una pinta en el jardín de uno de los creadores. Pero su desarrollo es todo lo contrario.

La canción y el baile son sólo una baldosa más en este enorme mosaico de talento, donde lo alternativo y lo comercial se funden con fluidez, pasando de conmovedoras interpretaciones de conocidas melodías a más frívolas (aunque siempre accesibles) representaciones de poesía en directo, todo ello con un único propósito: explorar los vínculos de los hombres. Porque el amor tiene muchas formas, y puede que algunas de ellas no se expresen con palabras tan a menudo, pero sin duda se muestran y demuestran sin mucho esfuerzo. Hay muchas formas de definir la masculinidad, pero tal vez ese sentimiento de compañerismo y estelisismo sea la más elevada y pura de todas ellas. Y entre todos estos destellos de reflexión, las bromas, las acrobacias, la interacción con el público, la música en directo (no sólo la orquesta toca instrumentos) y algún que otro regalo que puede tener la suerte de pillar al vuelo (sólo hay que recordar que los posavasos tienen bordes afilados…) sirven para aligerar o incluso condimentar y caldear el ambiente durante toda la noche.

Con parte de su equipo creativo también formando parte del reparto, el otro gran logro de esta producción es precisamente la excelencia de su troupe, ya que sus amplias capacidades (no sólo reducidas a lo que el teatro musical suele requerir) son el argumento más sólido para ir a visitarlos. De todo el grupo, Lucas Koch (dependiendo de la representación, lo verá en un papel u otro) es uno de los más notables, de nuevo por su largo despliegue de capacidad artística (saxo, piano, claqué…) pero también por su instictiva presencia escénica. Matt Beveridge, por su parte, es otro digno de mención por su simpático y más emotivo retrato como el Romántico, mientras que Michael Baxter consigue robar el espectáculo un par de veces gracias a su natural hueso cómico.

Algunos espectáculos están destinados a quedarse, otros a desaparecer. The Choir of Man es lo bastante extraño como para ser ambas cosas. Por un lado, es el tipo de pieza que usted (y cualquiera) podría disfrutar una y otra vez, y merece con justicia celebrar unos cuantos aniversarios en el centro de la teatralidad. Pero la esencia de esta pieza es también seguir viajando por el mundo, llevar a éstos (y no a una réplica del reparto o la producción) a tantas ciudades como puedan acogerlos (créanme, deben ser bastantes). Y por eso sólo puedo aconsejar que no perdáis la oportunidad de verla mientras esté en la ciudad. Una lección que aprenderá (o al menos le tranquilizará) al verla es que nada dura para siempre, así que cuando algo importante se cruza en su camino, lo suyo es aprovechar la oportunidad.

Rating: 4.5 out of 5.

The Choir of Man se representa en el Arts Theatre de Londres de martes a domingo. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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