Crítica de ‘Circo 1903’: “La nostalgia pasa factura”

Por cuarto año consecutivo, esta extravagancia musical con un despliegue de talentos de lo más inusual visita Londres para una representación estrictamente limitada durante la temporada navideña. Guillermo Názara repasa este espectáculo familiar montado por una impresionante troupe de artistas e incluso creativos galardonados en el West End, para que sepamos si es un regalo para los amados o para los odiados.

Recuerdo aquellos días en los que era joven e inocente. Creo que esto último duró un buen par de segundos. Pero por muy mocoso que fuera (el uso del pasado por… el motivo que sea), siempre he intentado mantener desprecintada esa caja de genuina fascinación. La llegada del circo a la ciudad era, de hecho, uno de esos momentos en los que la tapa se tiraba literalmente al suelo. Aquellas primeras mariposas en el estómago, repasando los recuerdos de aquellas veneradas actuaciones pasadas que te habían encantado y de las que no te cansabas. A continuación, la expectación, cuando la imaginación se desboca esperando ver exactamente lo mismo que el año anterior, pero confiando en que será mejor, porque eso era lo que querías y lo único que querías. Y, por supuesto, ese momento de éxtasis casi desmayado, cuando tus padres te sorprendían con las entradas (esos pequeños pasaportes a una tierra de felicidad gigantesca) y comenzaba la cuenta atrás hasta la hora en que atravesabas la carpa y esos focos brillantes se encendían ante tus ojos mientras ocupabas tu asiento en una mezcla de desconcierto sin precedentes y reencuentro de viejos amigos.

Recuerdo aquellos momentos con especial cariño. Aquellos escalofríos que te invadían cuando las luces se atenuaban y el redoble de tambores resonaba mientras se desvanecía el anuncio de bienvenida. La maravilla de colores que teñía tu corazón de rayas blancas y rojas, desatando esa extraña aunque reconfortante sensación de puro regocijo que, no es de extrañar, contagiaba a tu familia adulta probablemente con más intensidad que a ti mismo. Y ese extraño olor a golosinas de feria (el algodón de azúcar era la estrella) y a hedor animal… Uy, quizás sea un recuerdo a reprimir después de todo…. Bueno, creo que siempre podemos permitir que los buenos momentos tengan un defecto o dos (¿Ves? Aprendí la lección al ver Inside Out). Pero si el olor es demasiado problema para ti (lo sé, a mí también me preocupa hacia dónde puede dirigirse esta crítica), Circus 1903 no es algo de lo que preocuparse, ya que captura el encanto de la tradición a través de un prisma modernizado.

En el recién pulido encanto art decó del Eventim Apollo de Londres (¿es necesario que especifique que es Hammersmith?), un escenario silencioso, envuelto en ese habitual encanto de lo teatral, espera a sus visitantes para una noche de espectáculo y variedad. Entre la impaciencia de los más pequeños (sí, ése soy yo), deambula un anfitrión juguetón, amable… a su manera. Puede que esté confuso, pero una cosa está clara: éste no es el tipo de circo al que puede estar acostumbrado, pero desde luego no es peor.

Llegan las 7:30 (aproximadamente). ¡Es la hora del espectáculo! El vibrante encanto de la América de principios del siglo XX (la misma que tanto admiraba el mismísimo Walt Disney, para bien o para mal) se despliega en una emocionante exhibición del más raro de los regalos, con actuaciones que van desde morderse las uñas hasta, en ocasiones, resultar incómodamente tensas (aunque imposibles de no mirar). Con artistas procedentes de todos los rincones del mundo (o eso dicen, no voy a investigar más: estamos en vacaciones, por el amor de Dios), esta producción funciona bastante bien como espectáculo de variedades, retratando auténticas habilidades que, aunque no aportan nada nuevo a la fiesta, mantienen el factor sorpresa que todos esperamos (y exigimos) para este tipo de entretenimiento. Y en cuanto a eso, lo tienen a raudales, tanto en cantidad como en calidad.

A pesar de lo impresionante de las asombrosas capacidades de su troupe (muchas de las cuales se llevan a cabo con notable impecabilidad) y de su habilidad para pulsar unos cuantos botones de frenesí en tu cuerpo como ningún otro género puede hacerlo, el montaje no carece, sin embargo, de algunos defectos. Aunque sigue siendo espectacular de ver, la escenografía podría beneficiarse no sólo de un diseño más intrincado, sino también del hecho de que el recinto brinda una oportunidad maravillosa (y sin parangón) de hacer más inmersiva la experiencia. Es una versión de gira, y lo entiendo, pero un simple proscenio, quizá con las típicas bombillas que he mencionado antes alineadas alrededor, permitiría una transición más fluida (y por tanto mejor) del público a los espacios de los actores. Al mismo tiempo, aunque con una banda sonora muy bien seleccionada, una verdadera orquesta en directo en lugar de música grabada, habría significado el complemento perfecto para un espectáculo que ya tiene bastante atractivo por sí mismo.

La semana pasada publiqué un post especial con una lista de los 12 planes teatrales que no podías dejar de ver estas Navidades (se me da bien promocionar mis cosas, ¿verdad?). Me la jugué con esta, ya que no la había visto, pero aun así seguí adelante y la recomendé. Y acerté (sorpresa, sorpresa… es broma… lo de acertar, quiero decir). La verdad es que el espectáculo es un buen plan navideño para disfrutar tanto en familia como con amigos, o incluso solo si lo que necesitas es ese empujoncito de risas y alegría que cualquier buena diversión tonta (en el mejor de los sentidos) nos puede dar. El teatro a veces hace pensar. Pero no necesitamos (o no debemos) hacerlo demasiado. El escenario, como suele decirse, es un espejo de la vida y, como tal, para que algunas cosas funcionen, no pueden reflejarse demasiado. Sólo hay que sentirlas. Así será con éste.

Rating: 4 out of 5.

Circus 1903 se representa en el Eventim Apollo Hammersmith de Londres hasta el 30 de diciembre. Las entradas están disponibles en este link.

Por Guillermo Názara

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